viernes, 22 de noviembre de 2013

Agua clara.-



Miro por la ventana y veo caer la lluvia.
Está nostálgica la mañana.
Me siento elevar, como si fuese una hoja del otoño que se fue.
Y pienso, siempre pienso, por suerte tengo esa costumbre.
O no tanto.
O no tanto, digo, porque a veces pensar es comulgar con el pasado.
Mirar atrás.
Y mirar más atrás hasta encontrarme conmigo mismo.
No está mal.
En esa carretera profunda, interna e íntima, veo que he cometido errores gruesos.
Que mi vida es una andanada de imperfecciones.
De injusticias.
Algunas fueron tan injustas que fueron necesariamente perdonadas por las víctimas y por el victimario.
Con las otras, las más inconsistentes, débiles, pero ingratas al fin, cargo desde siempre.
Miro por la ventana y veo caer la lluvia.
Y siento algunas injusticias.
Otras.
De las que no merecí probar y sin embargo son parte de mi vida.
De las que sufrí y sufro.
También son mías. Pero no solo mías.
Comprendo, entonces, que existen los verdugos, los sin capucha.
Con cara de yo no fui.
Y en ese instante, tan solo en ese mismísimo segundo, comprendo que soy afortunado.
Que tengo un lugar a dónde ir y con quien compartirlo.
Que ese lugar se llama hogar.
Que tengo personas a quienes amar.
Y que me aman.
Y por fin entiendo que no nací para ser perfecto.
Solo para ser feliz.
Y me acurruco en mi, y me siento bien…

No hay comentarios:

Publicar un comentario