Un ciudadano tiene derechos. Entre otros tiene derecho
a pensar de la forma que mejor gobierne sus intereses.
Puede optar. Puede elegir.
Si es socialista, neoliberal, socialdemócrata o apartidario,
podría ser republicano.
Todas las personas somos iguales ante la ley, y ese uno de los
principios mas caros del ser republicano.
La separación de los poderes del Estado y la no intromisión
de unos sobre los otros es tanbién un principio republicano de fuste.
En una monarquía esto no sucede. En un régimen totalitario
tampoco. Podemos hasta encontrar democracias que no son republicanas.
Cuando la organización del Estado tiene en cuenta la
diversidad de sus habitantes, y se muestra neutral ante sus diferencias;
particularmente, en el caso de la diversidad de creencias, estamos ante una
práctica republicana. A este respecto personalmente
elijo un Estado laico que respete la libertad de conciencia, incluida la de
aquellos que creen en dios y los que no creen en la existencia de ningún dios,
como es mi caso.
Y esto resulta imposible cuando se mantiene un derecho sucesorio
basado en la consanguineidad, derecho que sólo se comprende y sustenta al
contemplar la intervención divina.
La monarquía se basa en la idea que una sola familia ha sido
elegida por dios para guiar a su pueblo, y que dicha elección es, por tanto,
sagrada.
No obstante ello a lo largo de la historia la familia elegida ha
ido cambiando a través de intervenciones plenamente humanas, como las guerras;
pero, en origen, esa categoría de “elegidos” es la única que justifica que
ellos puedan acceder a dirigir los designios de todo un pueblo.
Es por eso que monarquía y religión están íntimamente unidas.
Por supuesto que también hay curas republicanos.
Esto se debe, según mi concepto, cuando el hombre y su
sensibilidad están por encima de la divinidad, sea esta del sigo que fuese.
También podemos encontrar democracias en donde la
República es una
palabra en un escudo.
Serán en definitiva los pueblos los que luchen por conquistar
los derechos republicanos tan necesarios para la convivencia en sociedad.
Otro principio que hace a la
República es el
respeto a la autonomía de las personas y a la autodeterminación de los
pueblos.
Las personas que de manera individual y en los grupos en que
deciden organizarse tienen derecho a gobernar su vida personal y social como
consideren y decidan. Por eso, entiendo que la democracia participativa es el
sistema de gobierno que más respeta este principio, pues en ella no sólo los
cargos, sino también las decisiones que estos tomen, están abiertos a la
población.
Para que esto tenga lugar, los ciudadanos deben poder ostentar un
poder del que evidentemente carecen en una monarquía.
Como dijera Artigas, “…mi autoridad cesa ante vuestra presencia
soberana…”
Eso es verdadera soberanía popular.
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